Sin duda que los gordos genuinos tienen una especial manera de ser, de pensar, de discurrir, diferente de
los tipos delgados.
los tipos delgados.
Generalmente se tiene una idea especial de los individuos gordos. La personas de sotabarba generosa, barrigas abultadas, curvos cogotes repletos, mamas opulentas, suelen ser bonachones, pacientes, a veces comunicativos, alegres, saludadores...
Pero, pese a su reconocida y bien probada apacibilidad caracterológica (que no impide, de tarde en tarde, la presentación de rabietas aparatosas y esporádicos berrinches), no podemos cerrar los ojos a la evidencia de que muchos gordos viven acomplejados por su exceso de volumen, no solo de peso, que les hace sentirse constantemente ridículos ante los demás.
por ello, el carácter del obeso depende en gran parte del trato que recibe de los que le rodean, o del que él parece recibir. Cree -y a veces es cierto- que le miran en general, entre burla y lástima, y se torna desconfiado, retraído, tímido, o, por el contrario, como hastiado, indiferente, apático, abúlico y sólo es atrevido irascible y grosero, incluso, ante alusiones ajenas ofensivas demasiado hirientes o intencionadas. Los niños obesos en especial, son muy sensibles y muy propensos a adquirir un complejo de inferioridad ¿quién no conoce el caso del pequeño colegial que por su obesidad se cae, al querer saltar en sus juegos, o provoca con ello la risa de sus compañeros, corriendo avergonzado a un rincón y desapareciendo del grupo?
Este estado psicológico del obeso suele normalizarse al adelgazar y hasta la conducta, gustos o estilo artístico o literario, experimenta cambios notables en muchos casos.
Un facto o aspecto psicológico casi constante, apenas considerado hasta hoy en las personas gordas, (que no deban su obesidad a un proceso patológico, mixodema, enfermedad de Frölich, de Cushing, etc.) es el aumento exagerado de su apetito: hay gordos (la mayoría) que comen -o comerían- a cualquier hora y momento y lo harían -o hacen- de manera desmesurada. No solo so de aspecto robusto y aumentan de peso, sino que tienen voracidad, y su afan de comer ha sufrido un desacompasado incremento. Tienen un verdadero desorden psicológico en la regulación de su "apetito" que parece (no lo es) "hambre", más cosiderable aún que el trastorno puramente metabólico del engorde.
No es hambre, hemos dicho ciertamente: el hambre es una "necesidad de nutrición de los tejidos" que una vez satisfecha, se calma.
Es un "extra-apetito", verdadera "guzuza" mental, caprichosa tal vez, pero puramente psicológica, pues no nace de una sensación de insuficiencia nutritiva celular, íntima, orgánica, desde el momento que el organismo del gordo está pletóricamente bien nutrido y con exceso de reservas.
En una segunda parte continuaremos con el tema comenzado es esta entrada.

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